Esta semana, salió a luz una investigación elaborada por 404 Media (muy detallada) a partir de un AirTag (un dispositivo de Apple que permite rastrear objetos físicos vía GPS) colocado dentro de un ejemplar de un libro usado que viajó hasta una instalación de Amazon en Las Vegas donde, según trabajadores consultados, los libros son desarmados y escaneados.
El procedimiento es simple. Los ejemplares llegan a la instalación, se les corta el lomo para separar las páginas y poder pasarlas rápidamente por un escáner. Una vez digitalizado el contenido, el ejemplar deja de existir. La operación se realiza dentro del complejo LAS8 de Amazon, y los trabajadores describieron una actividad centrada en recibir grandes cantidades de libros impresos y procesarlos mediante este sistema.
El dato más significativo no es solamente que Amazon esté comprando libros. Es qué libros parecen interesarle. Los ejemplares antiguos, descatalogados o difíciles de encontrar contienen textos que muchas veces no están disponibles en internet. Además, los libros publicados antes de la expansión de la IA generativa ofrecen una fuente de material escrito por humanos, sin el riesgo de incorporar contenido generado por otros modelos y contribuir al llamado model collapse.
Hay además un indicio de que la adquisición podría estar realizándose de forma sistemática a partir de los ISBN. Los trabajadores escanean los códigos de los libros antes de digitalizarlos y algunos libreros sospechan que estas operaciones recorren catálogos de ISBN para localizar los libros disponibles. Uno de ellos observó, por ejemplo, que los grandes pedidos que recibía nunca incluían libros muy raros que carecían de ISBN.
Scott Brown, librero especializado en libros raros, cuenta que una empresa vinculada con IA le compró un ejemplar de Futuria Fantasia, una reimpresión de 2007 de la revista de ciencia ficción que Ray Bradbury publicó cuando era adolescente. Se habían impreso alrededor de 1.350 ejemplares y el libro no era especialmente escaso. Lo que hacía especial a esa copia era que Bradbury se la había dedicado a un antiguo cliente del librero, cuya colección había adquirido después de su fallecimiento. Paradójicamente, había copias sin firmar más baratas disponibles, pero no incluían el ISBN en sus fichas: Brown sospecha que el sistema automatizado no pudo localizarlas y compró la copia dedicada porque era la más barata de las que sí estaban identificadas con ISBN. Brown terminó consiguiendo que otro librero enviara un ejemplar sin firmar en su lugar y retiró el ISBN de la descripción de la copia dedicada para evitar que volviera a ser detectada. El caso muestra, además, que evitar la destrucción de un único ejemplar puede requerir la intervención coordinada de varios libreros.
Eso ayuda a explicar algo que los libreros de segunda mano ya venían detectando. En Reino Unido e Irlanda se multiplicaron los pedidos extraños: grandes cantidades de libros, muchas veces sin relación temática entre sí, enviados a intermediarios logísticos y comprados sin demasiada preocupación por el precio. Entre los ejemplares aparecen desde tratados agrícolas del siglo XVIII hasta biografías deportivas y otros títulos de circulación muy limitada.
Pero hay una consecuencia adicional que puede ser todavía más relevante para el mercado: la posibilidad de que estos sistemas conviertan libros aparentemente comunes en libros escasos. El problema se agrava porque distintas empresas de IA buscan, en buena medida, los mismos títulos. Si los agentes de compra automatizados, respaldados por grandes presupuestos, compiten por ejemplares limitados, pueden absorber rápidamente todas las copias disponibles de un mismo título.
En este contexto, Ingram Content Group ya había advertido a sus editoriales clientes sobre un “creciente” movimiento de empresas de IA que compran ejemplares físicos para escanearlos y utilizarlos en el entrenamiento de modelos. La distribuidora habilitó a los editores a solicitar que sus catálogos no sean vendidos directamente a compañías de IA, aunque reconoció que no siempre puede identificar quién está detrás de una compra.
El mecanismo también plantea una diferencia relevante respecto del mercado digital. Los ebooks suelen estar sujetos a licencias y condiciones de uso que limitan la copia, impresión, distribución o reutilización del contenido. Un libro físico comprado legalmente, en cambio, entra en el régimen de first sale: una vez adquirido, el comprador tiene determinadas facultades sobre ese ejemplar.
Y un detalle no menor: los libros podrían digitalizarse sin destruirlos, pero cortar el lomo permite hacerlo de manera más rápida y económica. Esa destrucción tiene además una dimensión jurídica. En el caso Anthropic, el juez tuvo en cuenta que los ejemplares físicos eran destruidos después de ser digitalizados, de modo que la copia adquirida no seguía circulando simultáneamente en formato físico.
La escala de esta transformación todavía no está clara. Pero hay suficientes señales para observar un cambio en la función económica del libro: ya no solo se compra para leer, vender, coleccionar o conservar; también puede comprarse para ser convertido en datos.





